Capítulo Extra

Hola, ávidos lectores.

En el proceso de escritura, los personajes toman vida propia y te cuentan su historia. Es una de las cosas más bonitas que los autores podemos vivir. Empiezas el capítulo con una intención y acabas sorprendiéndote con su desarrollo, que te lleva a lugares insospechados.

La historia de Zarío Culpio surgió porque, inicialmente, tendría un papel que jugar en el desarrollo de la trama de La agonía de la diosa. Al final, ese papel lo llevó a cabo Trocon, el abad del monasterio de Brige.

Por ese motivo, decidí que esa historia personal de Zarío ya no tenía lugar en la novela. Sin embargo, me gustó muchísimo saber de dónde venía y cómo vivió el encierro y el juramento de silencio durante la coronación de Defia.

Os dejo aquí este capítulo que no fue publicado. Tal vez encuentre su sitio en Liber la hereje o en República que son los libros segundo y tercero de la saga.

Os deseo que lo disfrutéis tanto como yo.

Un saludo

Juan

Zarío Culpio en el templo de Ketme

por

Zarío Culpio fue encerrado en el templo de Ketme durante la ceremonia de coronación de Defia. Estaba solo, fuertes escoltas custodiaban las puertas, pero nadie, ni siquiera ellos, estaba autorizado a entrar bajo ninguna circunstancia. 

El ambiente era tétrico. El templo vacío, con una iluminación pobre y lleno de esculturas y relieves de leonas con enormes colmillos amenazantes, era inquietante. 

Zarío estaba sobrecogido. Los pequeños crujidos de maderas y piedras se le antojaban ruidos de zarpas que golpeaban o arañaban el suelo, acechando desde las sombras y dispuestas a rasgar sus carnes para saciar la sed de sangre de la Diosa. 

Tomó uno de los cirios y utilizó la llama para encender las antorchas de los muros. Esperaba que la luz eliminara la amenaza que exudaba de cada objeto y representación sagrados que poblaban el recinto. 

En una de las paredes, había varios hachones además de las antorchas. Las figuras talladas se iluminaron por completo para contar su historia. 

Los relieves de las paredes describían cómo la Diosa, enfurecida por el asesinato de sus Sumos Sacerdotes a manos de una turba enardecida por el demonio Emeín, se convirtió en una leona. Deambulando por el lugar del crimen, reflexionaba sobre su venganza cuando una pulga que no conocía su identidad divina la mordió en el cuello causándole una pequeña hinchazón. Fue entonces cuando ideó su castigo. Infectó a la pulga con la primera peste y le encargó que la extendiera para que los asesinos muriesen entre sufrimientos causados por fiebre abrasadora y bubas purulentas. 

Una sacerdotisa y su esposo fueron a ver a la leona. Se postraron ante ella y le rogaron que revelara su nombre para, utilizándolo, poder apaciguarla. La leona rugió el nombre de Ketme y la pareja celebró, desde su posición de sumisión absoluta, lo acertado de ese nombre que quiere decir “represalia” en la lengua de la isla perdida de los primeros pobladores. 

La pareja continuó hablando y describieron cómo la peste se extendía indiscriminadamente y destruía hogares enteros que no habían sido engañados por el demonio y no habían participado de la matanza. Su descripción del sufrimiento de los inocentes y las lágrimas de compasión conmovieron a la leona que, haciéndose eco de su dolor, sintió calambres de parto y dio a luz a un gato de color blanco. El amor por su cachorro apaciguó a Ketme y el pequeño, llamado Clebus, ambló elegantemente hasta la sacerdotisa y su esposo. Se paseó entre ellos, frotándose contra sus cuerpos y marrullando sin cesar hasta que transmitió con su ronroneo el conocimiento de la medicina. 

Zarío reflexionó sobre la ironía de la historia. Emeín era el demonio del oscurantismo. A lo largo de la historia, las órdenes sacerdotales habían sido las que más habían alimentado a Emeín. Especialmente las dedicadas a la propia diosa leona que aterrorizaban a la gente con amenazas de pestilencias y azotes indiscriminados a la humanidad por contrariar sus intereses. Se habían convertido en los asesinos de aquellos primeros sacerdotes en vez de ser dignos continuadores de la pareja bendecida por Clebus. 

A sus cuarenta años, Zarío había fundado su casa de costura desde la humildad de una familia de hombres libres y había alcanzado el punto máximo de éxito que se podía lograr en su negocio. Era uno de los costureros de la corte y se había encargado, nada menos, que de la túnica exterior para la ceremonia. Tenía unos ojos enormes y dulces, como los de una ternera de largas pestañas. Pero su carácter decidido y emprendedor desmentían la imagen de fragilidad que denotaban sus rasgos. Durante el año que había pasado enclaustrado, había tenido ocasión de tratar con frecuencia con Defia. Observó que tenían muchas cosas en común, una de ellas era precisamente que su apariencia femenina hacía pensar en un carácter sumiso que no se correspondía en absoluto con su auténtica personalidad. 

Algunos de sus comentarios le habían dado a entender que también tenían la misma visión de la religión. Las élites sacerdotales se habían apartado de la espiritualidad. Zarío se preguntó por qué habría elegido para él el templo de Ketme. Defia no daba puntada sin hilo y, en ese lugar sagrado, tenía que haber algo que le quería comunicar y no era solo la amenaza implícita de lo que le sucedería en caso de revelar el secreto de los símbolos que estaban a punto de ser desvelados ante el mundo. 

Confortado por ese pensamiento, siguió mirando la iconografía del templo, aunque un goteo de intranquilidad poblado de fantasmas y temores se seguía filtrando en sus tripas. Ignorando las ideas atroces que se le pasaban por la cabeza, se armó de valor. Tenía unas horas por delante hasta que terminara la coronación y pudiera salir de nuevo al mundo. 

Una escultura al fondo de la nave, no lejos del altar, captó su atención. Estaba en una capilla pequeña y oscura. Representaba a Ketme con cuerpo de mujer, cabeza de leona y garras en vez de pies humanos. Estaba de pie, clavando las zarpas sobre miembros de todas las castas sin distinción, cuyos cadáveres exhibían signos de sufrimientos indecibles. En la mano sostenía la cabeza coronada de un emperador y la llevaba hacia sus fauces con clara intención de devorarla. 

Como un relámpago, se formó en su visión interior la imagen que había entrevisto en el vestido de ceremonia. Una rueda bordada en esparto cuyo eje era el Orbe de Arcilla y en el círculo se veían entremezclados los símbolos de las castas y de las casas nobles.  

En rápida sucesión, los distintos elementos se fueron encajando unos con otros. Las representaciones de los templos conocidas como Memento Mori no eran un recordatorio de la certeza de la muerte y el perecimiento de lo vano y material, sino una promesa de castigo por crear distinciones arbitrarias entre los seres humanos. Tras la estatua, los bajorrelieves de la pared del templo representaban a la leona en lucha contra los demonios Asaj, Cumiel, Inara y Zuna, que encarnaban el Ansia, la Codicia, la Arrogancia y la Corrupción. 

De algún modo, la futura emperatriz sabía de su secreto y ahora le comunicaba que tenía su bendición puesto que había roto las cadenas del prejuicio y los convencionalismos que castran la libertad de la persona. 

Zarío había conocido a su esposa en un viaje a ultramar para estudiar nuevas tecnologías aplicadas a los tejidos. Se alojó en una residencia de estudiantes de paredes mohosas y luces mortecinas completamente inadecuada para un hombre libre. Las ventanas de arcos apuntados ajustaban mal y dejaban pasar unas corrientes de aire que le provocaron neumonía. El gerente de la mansión avisó a un médico sacerdote en vez de un seglar, porque Zarío estaba tan desfallecido y tenía unos delirios tan espantosos que pensó tener entre sus manos a un moribundo más que a un paciente. 

Durante su recuperación, Zarío recibió los cuidados de una limpiadora de la residencia. Se llamaba Morna, era menuda y de todo punto poco destacable a nivel físico. Sus manos ásperas se ocupaban de todas sus necesidades con delicadeza, su voz ligeramente ronca le acunaba en los momentos de desesperación por verse postrado e indefenso. Volver a la salud llevó su tiempo y, de día en día, Morna se las apañaba para pasar más tiempo con él. No ya para atender a sus necesidades, sino para disfrutar de su conversación. Durante el resto del curso, Zarío y Morna encontraron cientos de momentos furtivos en los que continuaron la amistad que se había iniciado entre picos de fiebre y escudillas de caldos de abuela. Durante tres años de estudio, Zarío luchó contra el amor que se iba instalando entre risas en sordina y sus charlas sobre lo divino y lo humano. La relación con una intocable podía ser sexual, pero nunca amorosa. Sin embargo, no podía evitar pensar en ella como mujer, cuerpo, inteligencia y afectos.  

Finalmente, tomó la decisión de llevarla consigo a la capital y hacerla pasar por su legítima esposa.  

Durante su tiempo en el recinto sagrado, supo que su espíritu se abría a nuevos conocimientos y que no había llegado hasta el círculo de Defia solo por la excelencia de su trabajo y, mucho menos, por casualidad. 

Repentinamente, el suelo empezó a tener un movimiento de oscilación bajo sus pies. Cerró los ojos, un poco mareado. Al hacerlo, percibió una luz con tintes de sangre. Pensó que era la luz de los hachones y las antorchas que atravesaba sus párpados cerrados y se teñía con la sangre de sus capilares. Entonces, las oscilaciones que venían de la tierra se transformaron en sonido. Las palabras de la Diosa llegaron hasta él y, en un acto reflejo, como si tuviera igual derecho que el jefe de una Casa, juró lealtad a la nueva Emperatriz.